Sfera Ebbasta en San Siro: la notoriedad no es un valor
Abbiategrasso, 8 de septiembre de 2026

La entrada del cantante Sfera Ebbasta en el skybox de San Siro, rodeado de diez chicas vestidas de negro y orquestado para captar las miradas del público del partido, ha desencadenado el habitual reflejo condicionado del debate público.
Por un lado están los que se indignan denunciando la habitual cosificación de la figura femenina; por otro, los que aplauden una genial jugada de marketing, capaz de monetizar la atención de cara a un nuevo disco.
A fuerza de dividirnos entre moralismos por un lado y pragmatismo cínico por otro, seguimos sin ver el nudo central de la cuestión. Un nudo que no es puramente estético ni de costumbres, sino profundamente educativo.
La verdadera pregunta que estos episodios nos plantean no se refiere a la eficacia de las estrategias publicitarias, ni a la moral de los personajes, sino al impacto pedagógico del mensaje que estamos transmitiendo a las jóvenes generaciones y al que los medios dan amplio eco.
De la notoriedad como resultado a la notoriedad como fin
Hoy estamos criando chicos inmersos en una ilusión peligrosa: la convicción de que la relevancia personal ya no pasa por la construcción de un recorrido, el talento cultivado con disciplina o las hazañas significativas, sino por la capacidad de producir un hecho llamativo.
Antaño la notoriedad y el respeto eran la consecuencia indirecta de una actividad real: un descubrimiento, una obra de arte duradera, una gesta deportiva o una contribución concreta a la comunidad. La notoriedad era el resultado del valor. Hoy asistimos a la inversión de este paradigma: la notoriedad se ha convertido en el único fin, y el atajo para obtenerla es el acto visualmente ruidoso, la provocación o la espectacularización de cada aspecto de la existencia.
No confundir la memoria con la viralidad
Como educadores, padres y ciudadanos, nuestra preocupación debería concentrarse en esta distorsión cultural, es decir, sustituir el «hacer» por lo «escenográfico», donde contar significa solo hacer ruido. Si enseñamos a los jóvenes que este es el modelo del éxito, estamos devaluando el valor del compromiso, del estudio, de la reserva y de la paciencia.
La fama basada en el gesto llamativo o en el gran espectáculo es una llamarada que dura lo que dura un deslizamiento de pantalla. La verdadera huella que dejamos en el mundo no se mide por cuántas pantallas logramos ocupar, sino por el impacto que nuestras acciones concretas tienen en los demás y en el tiempo.
Si aceptamos sin reservas la lógica del hype y de lo llamativo a toda costa, estamos entregando a los chicos una idea de valor aterradora mente vacía, donde la forma desaprensiva agota por completo el mérito de los contenidos.
No se trata de hacer de censores ni de escandalizarse por una jugada de marketing. El verdadero desafío educativo consiste en devolver a los jóvenes la medida de las cosas: mostrarles que la verdadera importancia no se mide por cuántas miradas logras captar en un instante con un golpe de efecto, sino por el valor real y duradero de lo que sabes construir día tras día.
Un diálogo ya abierto con los jóvenes
Me gusta recordar que precisamente el pasado junio, proféticamente, hablamos de esto con Benedetta Gaia Cosmi y Mara Silvia Ceriotti en un encuentro con los chicos de la escuela de periodismo.